Tribuna Abierta
Los plenos municipales son, en teoría, el espacio donde se debaten y deciden asuntos que afectan directamente a la vida de los ciudadanos. Son el foro en el que los representantes políticos deberían centrar sus esfuerzos en dar respuesta a las necesidades de la comunidad. Sin embargo, la realidad muchas veces dista de este ideal, y los plenos pueden acabar convertidos en una mera plataforma para la proyección de las agendas políticas nacionales de los partidos.
La sesión de esta tarde en Sanlúcar de Barrameda es un claro ejemplo de esta dinámica. Entre las propuestas presentadas, algunas tienen un impacto tangible en la ciudad, como la mejora del parque empresarial «Las Dunas» o el impulso al sector del taxi. Sin embargo, otras iniciativas generan dudas sobre su verdadera intención y viabilidad. La creación de la figura del psicólogo de familia en los centros de salud es una medida que, aunque bienintencionada, escapa por completo a las competencias municipales, al depender de la Junta de Andalucía. ¿Es realmente una propuesta con vocación de ser implementada o simplemente una estrategia para marcar posición política?
El caso de la reducción del IVA de la electricidad, promovida por el Grupo Popular, refuerza esta reflexión. Se trata de un tema de debate en el Congreso de los Diputados, y su discusión en el pleno municipal carece de capacidad real de aplicación en el ámbito local. Más que una medida efectiva para Sanlúcar, parece un intento de alinearse con el discurso nacional del partido y generar titulares afines a su estrategia de comunicación.
Mientras tanto, problemas urgentes que sí dependen del ayuntamiento, como la mejora de las infraestructuras, la limpieza urbana o la gestión de los recursos municipales, quedan relegados o tratados de forma superficial. En lugar de centrarse en soluciones concretas y viables para los ciudadanos, los plenos corren el riesgo de convertirse en un desfile de propuestas simbólicas con poco impacto real.
Este fenómeno no es exclusivo de Sanlúcar, sino una tendencia generalizada en muchos municipios. Y aquí surge una cuestión más profunda: ¿para qué sirven realmente nuestros representantes municipales? ¿Para trabajar por el bien común o para calentar el sillón, asegurarse el sueldo y plegarse a la línea de su partido aunque ello implique tragarse sus propios principios? En los tiempos que corren, donde la política parece más un medio de supervivencia personal que un compromiso con la sociedad, la ciudadanía tiene el derecho -y el deber- de exigir a sus gobernantes algo más que discursos vacíos y estrategias partidistas.
Sandra R. Galafate
